miércoles, 26 de mayo de 2010

Daría lo que fuera por existir...

Daría lo que fuera por no sentirme ignorada.
Por alzar la voz y sentirme escuchada.
Por que mi presencia fuera superior a la sutil sombra de un fantasma.
Por que la gente no posara sus ojos en mí y me miraran como si pudieran ver la pared a través de mi cuerpo.
Y tantas otras cosas...
Que la gente no me desplace, que simplemente me consideren una persona como ellos y no alguien ajeno completamente a su ser.
Levantar la voz. Ser escuchada.
Ser valorada.
Creo que no pido tanto.
Sin embargo, ¿quién no se ha sentido alguna vez ignorado por su condición, raza, sexo, aspecto, o religión? ¿Quién no ha querido decir algo cuando todo el mundo le oía pero nadie le escuchaba? ¿Quién no ha querido romper los esquemas, renunciar a su personalidad, y gritar para que alguien le mirase y comentase: "Ah, estás ahí"?
Renunciar a la personalidad...¿quién no se ha sentido tentado de hacerlo alguna vez? Simplemente para encajar en algún sitio, para tener amigos...para ser alguien. Labrarte una nueva personalidad, una máscara acorde con lo que la sociedad pide: renunciar a una parte de ti mismo para ser el perrito faldero de alguien a quien admiras, alguien que puede abrirte las puertas de la popularidad, alguien...que no vale la pena.
Daría lo que fuera por existir, sí, por que la gente me mirase a mí y no a la pared que tengo detrás. Pero no hasta el punto de renunciar a mí misma por eso, no hasta el punto de convertirme en otra persona mucho peor de lo que soy, con más fallos, más defectos. Vivir tras un personaje inventado, ser una persona completamente falsa que apenas se sostiene...eso no puede durar mucho. Todo se terminará cayendo por su propio peso.
Tú terminarás cayendo. Acabarás sin saber quién eres de verdad: si la persona o el personaje. Y entonces te verás solo: porque tu máscara habrá caído y nadie te verá sin ella. Porque la persona no le gusta a nadie y te volverás invisible. Sin personalidad, sin ser, inventado o no...
Sólo quedará el fantasma de lo que hubo un día, una mezcla entre lo real y lo inventado, un despojo de la sociedad que vaga invisible por la gran ciudad, muerto, solo y triste.

martes, 25 de mayo de 2010

Fría y pesada indiferencia

La indiferencia de la que hacen gala algunos seres humanos es increíble. Da igual lo que pase, da lo mismo lo que suceda a su alrededor, ellos no se inmutan por nada ni por nadie. Cada uno va a su rollo, ciegos, sordos y casi insensibles a los demás.
Sólo hay que estar un rato en el metro para verlo con total claridad. Ayer, por ejemplo, bajé a Madrid porque había quedado con una amiga a la salida del colegio; sin embargo, me surgió un problema con los del Registro de la Propiedad Intelectual (todos igual de indiferentes que sus compañeros del metro) y tuve que ir a solucionarlo. Cogí el Metro en Plaza de Castilla para ir directamente a Ríos Rosas, barrio de Santa Engracia, línea 1.
Ya nada más llegar al andén, me entró la inquietud. El andén estaba lleno de gente, gente de mirada perdida y gesto inexpresivo, cuyos ojos vacíos te siguen momentaneamente al pasar ante ellos, para luego volver a posarse en la misma baldosa que estaban mirando antes de que les interrumpieses. Atravesé el andén hasta el final, dado que yo siempre cojo último vagón porque es el que menos gente lleva siempre, aún teniendo que pasar ante las miradas de aquellos robots de gesto frío.
El tren llegó apenas unos segundos después, anunciando su presencia con el normal ruido atronador y la ráfaga de viento que producía el morro al hendir el aire. Esperé a que la habitual multitud saliera en tromba del vagón, y entré con cierta precaución en el coche, asfixiante de calor. Efectivamente, iba casi vacío, a excepción de unas cuantas personas sentadas y arrolladas por el aburrimiento; sus ojos buscaron la novedad entre aquel mar de calma y calor, y encontraron a un señor de mediana edad que se sentó en uno de los pocos asientos libres, y en mí, que apoyé la espalda en la pared del vagón y observé las caras inexpresivas de la gente, intentando que la mía no se pareciera a ellas.
Era como ver la indiferencia personificada: los gestos eran serios y absolutamente fríos; ni una mueca, ni una leve sonrisa. Un par de docenas de ojos vagaban ausentemente por el coche, aunque una mirada tan indiferente como las del resto, perteneciente a un chico de más o menos mi edad, se clavó en mi figura, como si esperara que la novedad tuviera algo interesante que le despertara de aquel letargo en el que parecía sumido. Pareció no encontrarlo, porque al cabo de un rato volvió la cabeza y fijó la vista en el reflejo de los cristales.
Harta de aquel panorama tan poco halagüeño, cogí mi libro de Entrevista con el vampiro - otra vez - y comencé a leer justo cuando el tren se ponía de nuevo en marcha. Una parada, dos paradas...
Cuando el tren frenó en Cuatro Caminos, las puertas se abrieron con gesto seco y, como todos, alcé la cabeza para ver si entraba alguien que rompiera los esquemas, un grupo de amigos, unos niños que rieran y gritaran y dieran un poco de alegría y humanidad a aquel deprimente lugar.
Sin embargo, desde mi posición, vi como una mujer saltaba los últimos escalones que subían a la superficie, atravesaba el andén y se disponía a entrar corriendo en el vagón justo cuando el tren había dado el pitido de advertencia. La mujer, ni corta ni perezosa, atravesó las puertas en el momento en que estas se cerraban.
Pensé que la había pillado. Creí que se había quedado atravesada entre las puertas. Me asusté y creo que se me escapó un grito. Pero por fortuna, el conductor debió verla y las puertas sólo hicieron el amago de pillarla para luego volver obedientes a su sitio. La mujer entró en el vagón como si nada, se colocó a mi lado y sacó un móvil para llamar por teléfono, sin ni siquiera dedicarme una mirada, como si no se hubiese dado cuenta de lo que había pasado.
Atónita por su frialdad, miré a mi alrededor para ver si alguien se había enterado: casi todos seguían en plan estatua, pero me sorprendí al ver que un par de personas me observaban con cierto reproche, como si con mi grito hubiese quebrado el aburrimiento y la calma que tanto parecían complacerles.
¿Tanto les molestaba mi reacción humana? ¿Tan mal les había sentado que me asustase ante un posible accidente? Me quedé helada ante la inhumanidad de la gente, incluida la de la señora, que ahora hablaba por el móvil de un modo tan rápido e impersonal que apenas la entendí.
Agradecí que la siguiente parada fuera la mía y poder librarme de aquellos seres de piedra que poco o nada parecían sentir. Salí de allí con la sensación de ser la única persona no robot de todo el Metro, pues ya había visto cosas parecidas en las líneas subterráneas en anteriores ocasiones.
Pero no sólo es el Metro: es el autobús, es la misma calle, ¡es todo! A excepción de que ocurra una tragedia, cuando ya es demasiado tarde para actuar, la gente no se inmuta, no reacciona.
Están metidos en su mundo, y no se permiten salir de él. Indiferencia es la palabra que mejor les define y que mejor va con ellos. Sólo se preocupan por sí mismos, y los demás les dan igual.
Humanidad...humanidad es justo lo que nos falta por aprender.

lunes, 24 de mayo de 2010

¡Dejad de intentar manejarme!

¿Por qué la gente tiene la manía de intentar controlar la vida de los demás? ¿Es que su propia vida es tan sumamente aburrida y estática que tienen que abarcar dos para terminar satisfechos? ¿O es que yo me estoy volviendo una paranoica y creo cosas que, en realidad, no son?

Porque si es así, que alguien venga y me diga si no lo que significa eso de que, de repente, un montón de personas empiecen a marearme con frases como:

- ¿Sabes? Creo que tal carrera te pegaría mucho.
- Tienes que ser azafata/policía/periodista/escritora...
- ¿Cuándo vas a empezar con el bachillerato?
- ¿Has pensado hacer FP?
- ¿Y qué has pensado hacer en el Futuro? ¿Tienes algo pensado, eh? Y en ese caso, ¿qué has pensado? Es una decisión importante, y ya tienes dieciocho años, no puedes dejar pasar más tiempo, bla, bla, bla, bla.

¡Pero queréis dejarme en paz! ¡Dios...! ¿Qué le pasa a la gente? Vale, agradezco que se preocupen por mí, pero no hay nada que me repateé más que que me echen la charla.

Para empezar, haré lo que quiera y lo que más me convenga, y por supuesto, lo que más me guste. Probaré con lo que yo quiera, y si no me gusta, pues a otra cosa, mariposa. Y ya está. Pero no entiendo la prisa que tiene algunos por que me decida ya: ¡tengo toda mi vida por delante! Y tampoco es que me vaya a a morir mañana mismo.

Es como si quisieran que, en menos de un segundo, tomara la decisión correcta, pero eso, señores, me parece una soberana estupidez: probaré con lo que mejor me convenga, y si me equivoco, pues ya pensaré otra cosa ¡pero tampoco será para echarse las manos a la cabeza!

Pero estoy harta que cada vez que abro la boca para decir "quiero hacer tal o cual", la gente me mire como diciendo:

-¿Tú? ¿Tú vas a meterte a eso? Si no es lo tuyo ¿para qué lo intentas siquiera? Venga, chica, apunta un poco más bajo: sabes que con eso otro no podrás ¿es que no lo entiendes? Es imposible: no encajas.

¿Y cómo sé que no encajo si ni siquiera lo he intentado? ¿Y cómo sé que no es lo mío si todavía ni me he atrevido a pensarlo con detenimiento? ¿Tendré que intentarlo, al menos? Por supuesto, puede que me equivoque, pero por lo menos sabré que me he esforzado, que lo intenté y que de verdad comprobé, que efectivamente, eso no era lo mío.

Pero no me dejaré afectar por el escepticismo de la gente. Estoy bastante harta de dejarme humillar por los pensamientos que tienen las personas respecto a mí, como ya he comentado anteriormente.

Si no creen en mí, peor para ellos. Así cuando consiga mis objetivos se lo podré restregar por la cara con gran sentimiento de satisfacción por mi parte. Puede que suene un poco infantil, pero es lo que realmente pienso: voy a dedicarles mis metas a todos aquellos que nunca creyeron en mí, que tuvieron dudas, que dijeron "esta no puede", o que pensaron en mí como "la fracasada de turno".

Pues bien, esta fracasada se complace en anunciarles que, para empezar, se va a Inglaterra para no soportarles más, para labrarse un futuro mejor, y para romper con todos los tópicos que se han escrito respecto a ella.

Y luego, bueno, ya se verá...

sábado, 22 de mayo de 2010

Cuando las apariencias engañan

Realmente, la gente se debe pensar que yo soy medio tonta o algo así, porque si no, no me explico el comportamiento que algunas personas tienen conmigo.
Primero me miran y me remiran, y deben pensar algo como: "qué cara de buena que tiene. Esta no ha roto un plato en su vida." Y ya como que se comportan de otra manera conmigo y me ven como alguien que "les corta el rollo".
Luego, es verdad que yo ayudo a esa impresión, dado que, en círculos que no conozco, soy muy cerrada y apenas hablo. Pero es que a mí no me gusta hablar más de lo necesario, y mucho menos cuando lo que se dice a mi alrededor no tiene la menor importancia para mí. Además, cuando conozco a alguien no me lanzo a hablar como hace todo el mundo, si no que primero le observo, le escucho, y cuando creo haberle tomado las medidas, es cuando tanteo el terreno.
Pero la gente eso o no lo sabe o no lo comprende, y creen que soy tonta de capirote porque me quedo callada. Entonces es cuando pasan de mí o me tratan con una "actitud especial", hablándome con cierta lentitud, como si yo fuera corta de entendederas. Más de una vez me he mordido la lengua para no soltar una frase cortante y dejarles como auténticos idiotas.
No he sido bendecida con el don de la labia, me temo, y por eso hablar me resulta tan difícil. Pienso mucho en las palabras correctas, en lo que puedo decir y lo que no, porque procuro no molestar a nadie y agradar a los demás. Y a veces eso me ha traído de cabeza. Cuando hablo, cuando estoy en un sitio que no me es cómodo, estoy totalmente en tensión, teniendo mucho cuidado con lo que digo o dejo de decir. Y eso es algo absolutamente estresante, os lo aseguro.
Soy alguien difícil de entender, lo sé, y muchas veces hago perder la paciencia a la gente, amén de sorprenderlos cuando estoy en un sitio conocido y familiar: es entonces cuando me relajo, desconecto y me comporto como realmente quiero. Digo, hago y pienso lo que me da la real gana, por eso ciertas personas son incapaces de relacionar a esa chica que se ríe ruidosamente, que habla sin parar y no se corta un pelo con la otra que una hora antes era incapaz de mirarles a los ojos, hablaba en voz muy baja y no expresaba lo que realmente sentía.
Sí, lo admito: tengo un trastorno de bipolaridad. O es el trastorno que me imponen los demás, no lo sé con seguridad.
De lo que sí estoy segura es que no se debe juzgar a una persona por la primera impresión, porque cada persona es un mundo profundo, cerrado y brillante, y se necesita tiempo para conocerlo en su totalidad. Puede que a la primera, alguien te parezca un idiota de cuidado, pero con el tiempo quizás te dés cuentas de no era más que una máscara para ocultar al mundo su verdadera cara.
Pero si sólo te quedas con la primera impresión, no llegarás a saberlo nunca. Es necesario tener paciencia...y en mi caso, mucha, muchísima paciencia...

viernes, 21 de mayo de 2010

A veces, la realidad supera a la ficción.

Hoy iba a hablar sobre los estereotipos: la catalogación de personas según las primeras impresiones de quien acabamos de conocer. Me pondré como ejemplo: a mí siempre me ponen de empollona dado que durante gran parte del tiempo llevo puestas mis gafas rojas de pasta. Tengo pinta de chica superestudiosa, cuando la verdad es que no hay nada que me de más vaguería que estudiar. Es que no puedo con ello. También dicen por ahí que tengo cara de no haber roto un plato en mi vida, de ser una chica buena y educada, o lo que es lo mismo, una niña de papá.
Pero los que me conocen de verdad saben que no soy así, ni mucho menos. Yo soy de aquellas personas a las que se le aplica esa frase de "las apariencias engañan". Y de qué manera. Más de uno se ha llevado las manos a la cabeza al verme con un vasito de calimocho en la mano o al oírme decir ciertas frases malsonantes, y se puede decir que todavía no han visto nada.
La verdad es que estoy bastante cansada de que me vean como una santa, casi como si me fuera a meter en un convento en cualquier momento. Todo el mundo se piensa que no hay nadie más inocentón que yo, cuando la realidad es bien distinta. Ay, si supieran...
Pero en fin, hoy no voy a hablar de eso, si no de un suceso que me ha ocurrido esta misma mañana y que me ha hecho reflexionar sobre si la realidad supera realmente a la ficción, como se suele decir.
Hay mañanas en las que necesito estar sola, salir de casa y, simplemente, encerrarme en mi mundo lejos de las personas. Y uno de mis lugares favoritos para ello es el Parque de El Retiro, en Madrid. Pues bien: hoy he cogido mi libro de Entrevista con el vampiro, de Anne Rice, me he ido hasta Madrid, me he dirigido al Retiro y me he sentado a leer en un lugar apartado cerca del gran lago del parque, sobre la hierba y a la sombra de los árboles.
Estaba realmente a gusto, hasta que, de repente, oí unos pasos acercándose a mí. Levanté la vista de mi lectura con cierta impaciencia y observé, recelosa, al tipo que se erguía ante mí, a unos metros escasos, sujetando una bici de color azul: treinta años, metro sesenta de estatura, como máximo, piel oscura, gorra verde sobre el pelo ensortijado, ojos hundidos y enorme sonrisa de dientes amarillentos. Me miraba fijamente, con esa sonrisa que poco me tranquilizaba, hasta que al final abrió la boca para decir, con voz marcada por un acento que no supe reconocer:
- Perdona, ¿eres de aquí? ¿Sabes dónde hay un centro de yoga o algo por el estilo?
Yo le dije que no sabía, que no tenía ni idea, y así era. Además, quería que se largase cuanto antes porque la forma en que me miraba no me hacía ni pizca de gracia.
Vale, si entonces me hubiese agradecido mis cortantes palabras, si se hubiese montado en su bici y seguido su camino, yo no pondría nada de esto aquí, pero es que la cosa no acaba ahí. Seguía mirándome con aquella sonrisa que tanto me hacía desconfíar, y de pronto, Max, que así se llamaba el tipo - jamaicano y estudiante de la complutense, para más señas - empezó a soltar palabras rebuscadas, extrañas, que aumentaron mi recelo: cosas como "qué mirada más profunda tienes", "tu aura me sorprende", "me das buena onda, por eso me he acercado a ti", "tú eres mi vampira" - por el libro que leía - o "sé que eres castigadora", no me gustaron ni pizca.
Y ya cuando me abrazó y me dijo de irnos a un lugar privado para una clase de "reflexología", pensé que había llegado demasiado lejos. Me deshice de él como pude, asegurándole quedar aquella tarde con él para la supuesta clase.
-¿No te fías de mí, Max? - inquirí, dedicándole la más encantadora sonrisa de la que fui capaz.
Él sonrió y yo me despedí rápidamente, deseando marcharme cuanto antes. Por supuesto, no aparecí por la tarde. Dudo que vuelva a pasarme por El Retiro en una buena temporada.
Pero este encuentro, o más bien desencuentro, me ha hecho pensar en lo caprichosa que es la vida, sobre todo para conmigo. Mis amigos suelen decir que todo lo raro me sucede a mí, y eso es lo que pienso yo también. Porque ¿a quién se le ha acercado alguna ve un perfecto desconocido y le ha empezado hablar del aura, de su mirada, como si nada?
Yo cada día me sorprendo más por las "curiosidades" con las que me obsequia la vida: son casi de película.
Y aunque considero que mi vida, dentro de lo que cabe es bastante normalita, y que de hecho, en este blog no voy a contar más que verdades cotidianas de mi existencia, a veces debo admitir que la realidad supera a la ficción..

jueves, 20 de mayo de 2010

Empecemos por lo más importante para el ser humano: el físico

Venga, fuera hipocresía, fuera los típicos comentarios de:¡qué superficial!

Cierto, una de las cosas más importantes para las personas es el aspecto físico. Obviamente, la primera impresión que se queda en alguien que acabamos de conocer es el aspecto de cada uno: el problema es que la mayoría de la gente se queda ahí, como si fuera la único que importara. No ven más allá de las apariencias.

Si eres bajito, gordito y tienes gafas de culo de vaso, la mayoría de las personas no se molestarán en mirarte dos veces: simplemente, se encenderá una lucecita en su mente y te catalogaran como "no es guapo, no es atractivo, por lo tanto, no es interesante". Ya puedes tener una inteligencia arrolladora o una simpatía sin límites: si no abres la boca, te quedarás con esa calificación.

En cambio, un chico alto y fuerte, con pinta de tener ascendencia nórdica a juzgar por su pelo rubio y sus ojos azules, enseguida llamará la atención de todo el que le rodee. A lo mejor no es listo, quizás no tenga carisma, tal vez sea un lerdo de cuidado, pero...¡eh, es guapo, caray!

La gente se ciega con la belleza: son como niños observando algo brillante, algo extraño, que aparece en un mundo gris y opaco. No se molestan en preguntarse qué habrá detrás porque tampoco les importa. Es muy triste, pero es así.

¿Y todo por qué? Pues porque los seres humanos estamos más salidos que el pico de una plancha, hablando claramente. Inconscientemente, siempre estamos buscando a nuestra pareja ideal, al compañero perfecto con el que crear una familia, y vamos catalogando a la gente según nuestros intereses.

Y si el físico no encaja con lo que estamos buscando, mal empezamos, al menos con los que sólo les importa eso. Gente que conozco, que han conocido a personas realmente interesantes, puede que incluso pecualiares, personas con las que podrían haber tenido un bonito futuro por delante, se han echado para atrás o los han dejado por la típica excusa de: "es que no es mi tipo."

Ah, con que no es tu tipo. Vale, muy bien, pues vete con el chico guapo y atractivo, pero ¿qué pasará dentro de treinta, cuarenta, o cincuenta años? ¿Seguirá siendo tu tipo cuando le salgan arrugas, se le aclare el pelo y empiece a echar barriguita o caderitas? ¿No? ¿Entonces, qué harás? ¿Le dejarás por alguien más joven, ese chico también muy guapo pero al que le llevas más de veinte años?

Sí, brillante plan...

Ante estas cuestiones, la mayoría de la gente se encoge de hombros y dice: "es que falta mucho para eso". Cierto, falta mucho. Pero ese momento llegará algún día: la belleza de la que una vez te enamoraste se marchitará, se irá, y tú te quedarás con un perfecto desconocido del que nada sabes. La personalidad, el carisma, todo puede durar hasta el final de los días, pero el físico no, me temo.

Sin embargo, la gente es incapaz de ver más allá del mañana. No lo piensan, no se paran a reflexionar: ven una cara bonita y ahí se quedan, mirándola como si no hubiese otra cosa más en el mundo. Y eso no está mal, no está mal admirar la belleza, sobre todo si esta viene acompañada de una personalidad atrayente y distinta: lo malo es que lo segundo importa un bledo.

Esta mañana, por ejemplo, yo iba caminando por Madrid, por el Paseo del Prado, y me iba fijando en la gente que caminaba a mi lado: todo el mundo pasa de todo el mundo hasta que aparece la típica y joven guiri de largo pelo rubio preguntando por el Museum del Prraido. Es entonces cuando la gente - y los hombres, en este caso - se deshacen en sonrisas e indicaciones, en amabilidad y en miraditas de reojo, incluso, paladean sus propias palabras: <<¿Quieres que te lleve hasta ahí, guapa?>> La turista declina la invitación con una sonrisa de disculpa si el tipo no es de su agrado, pero como sea de su gusto le falta tiempo para sonreírle y mirarle como si fuera un ángel caído del cielo.

Ahora bien, si la que pregunta la dirección es una señora ya entrada en años de Badajoz - de Badajoz, Valladolid o Barcelona, que me da igual-, el tipo se limitará a hacer un movimiento de cabeza y a señalarle el museo con gesto seco: "por ahí"

En fin, todo amabilidad desinteresada.

¿Y qué pasa si no eres guapo? ¿Qué pasa si eres bajo? ¿Si te sobran algunos kilos? ¿Si llevas brackets o tienes gafas de culo de vaso? ¿Eres menos humanos por eso? Porque eso mismo es lo que parece: en las chicas, por ejemplo, siempre ha estado de moda eso de ocultar nuestros rasgos bajo una espesa capa de maquillaje, dejándonos caer en la desesperación cada vez que nos miramos en el espejo por esa nariz demasiado larga, esos ojos demasiado pequeños o esa mandíbula quizás demasiado prominente. Nos miramos, nos odiamos a nosotras mismas por no ser guapas y perfectas, y lo intentamos ocultar bajo doscientas capas de potingues varios, destrozándonos la piel y la autoestima en el intento. Y ya ni hablemos de la ropa: esa camiseta ajustada que resalta lo que me sobra, esos vaqueros que hacen que mis muslos parezcan auténticos embutidos...nos miramos y remiramos en el espejo asqueadas de nosotras mismas y deseando ser otra persona más perfecta, alguien como Heidi Klum, por ejemplo.

Y yo lo sé muy bien porque fui una de esas chicas: yo no soy guapa, para qué vamos a engañarnos, ni tengo atractivo físico ninguno. Estoy rellenita, tengo unos labios demasiado gruesos para mi cara, unas ojeras que llegan hasta mis mejillas y una nariz demasiado larga, en mi opinión. La gente me suele decir que tengo unos ojos muy bonitos, pero cuando te dicen eso, es que algo falla: si te dicen "qué ojazos tienes" a la primera, es que no han encontrado nada más en ti que les haya agradado. Porque en lo último que se fija la gente es en los ojos, y si pasa eso, es que, amigo, eres del montón.

- Con los ojos tan bonitos que tienes. Quítate el flequillo de encima, mujer - "Para algo bonito que tienes", casi puedo adivinar como se tragan esas palabras para no herirme con esos pensamientos.

Hace unos años, yo me torturaba mirándome en el espejo. Y aparte de los defectos que he comentado, me sacaba más de los que en realidad tengo: me ponía arrugas - ya ves, ¡y eso que sólo tenía 16 años! -, me ponía más granos de los que realmente tenía, mucha más mandíbula, piel seca y dientes torcidos.

Puede que ayudara el hecho de que,desde pequeña, los niños se metieran mucho conmigo por culpa de mi aspecto, por lo que siempre he estado muy acomplejada. Siempre escondida, siempre con el miedo creciente al rechazo social...

Hasta que un día no pude más. Y dije que hasta ahí había llegado. Vale que me sobren unos kilos. Vale que no tenga las medidas perfectas. Vale que no tenga un rostro de porcelana ni unos rasgos perfectos. Pero no soy ningún monstruo. Así he nacido, y por mucho que me torture, nada me hará cambiar de aspecto. Así que, en ese sentido, no vale la pena sufrir.

Si estás un poco gordito, ponte ropa que disimule los michelines. Vale. Si no eres muy guapo, ponte mucho maquillaje. De acuerdo. Si no tienes un cuerpo escultural, vete a una clínica de cirugía estética. Está bien. Allá cada uno con su vida. Pero yo que vosotros me preocuparía por cosas más importantes que por el físico.

Por el aspecto, no encontraréis a nadie. Si alguien se interesa realmente por otra persona, será solamente por su personalidad, por cómo es, no por esos ojos azules o por las medidas 90-60-90. Y si alguien se interesa solamente por esas cosas, bueno...quizás sea él o ella el que no merezca la pena.

Bienvenidos

Hola y bienvenidos a mi nuevo blog!
Lamento que esté aún en fase de construcción y que esté un poco cutre, pero es que aún no me manejo con estas cosas.
Como ya he puesto en la cabecera, este blog tratará sobre la vida real, sobre mi vida, pero podría ser la vida de cualquier otra persona. Me limitaré a poner lo que pienso, lo que siento, o lo que imagino en esta página, sin censura. Cosas sobre las personas, sobre lo que somos, cosas referentes a la vida normal y cotidiana y - ¿por qué no? -, ciertas reflexiones sobre mi día a día.
En fin, lo que vienen a ser la visión del mundo de una chica de dieciocho años. O lo que es lo mismo: "paranoias".
Así que empecemos.