viernes, 21 de mayo de 2010

A veces, la realidad supera a la ficción.

Hoy iba a hablar sobre los estereotipos: la catalogación de personas según las primeras impresiones de quien acabamos de conocer. Me pondré como ejemplo: a mí siempre me ponen de empollona dado que durante gran parte del tiempo llevo puestas mis gafas rojas de pasta. Tengo pinta de chica superestudiosa, cuando la verdad es que no hay nada que me de más vaguería que estudiar. Es que no puedo con ello. También dicen por ahí que tengo cara de no haber roto un plato en mi vida, de ser una chica buena y educada, o lo que es lo mismo, una niña de papá.
Pero los que me conocen de verdad saben que no soy así, ni mucho menos. Yo soy de aquellas personas a las que se le aplica esa frase de "las apariencias engañan". Y de qué manera. Más de uno se ha llevado las manos a la cabeza al verme con un vasito de calimocho en la mano o al oírme decir ciertas frases malsonantes, y se puede decir que todavía no han visto nada.
La verdad es que estoy bastante cansada de que me vean como una santa, casi como si me fuera a meter en un convento en cualquier momento. Todo el mundo se piensa que no hay nadie más inocentón que yo, cuando la realidad es bien distinta. Ay, si supieran...
Pero en fin, hoy no voy a hablar de eso, si no de un suceso que me ha ocurrido esta misma mañana y que me ha hecho reflexionar sobre si la realidad supera realmente a la ficción, como se suele decir.
Hay mañanas en las que necesito estar sola, salir de casa y, simplemente, encerrarme en mi mundo lejos de las personas. Y uno de mis lugares favoritos para ello es el Parque de El Retiro, en Madrid. Pues bien: hoy he cogido mi libro de Entrevista con el vampiro, de Anne Rice, me he ido hasta Madrid, me he dirigido al Retiro y me he sentado a leer en un lugar apartado cerca del gran lago del parque, sobre la hierba y a la sombra de los árboles.
Estaba realmente a gusto, hasta que, de repente, oí unos pasos acercándose a mí. Levanté la vista de mi lectura con cierta impaciencia y observé, recelosa, al tipo que se erguía ante mí, a unos metros escasos, sujetando una bici de color azul: treinta años, metro sesenta de estatura, como máximo, piel oscura, gorra verde sobre el pelo ensortijado, ojos hundidos y enorme sonrisa de dientes amarillentos. Me miraba fijamente, con esa sonrisa que poco me tranquilizaba, hasta que al final abrió la boca para decir, con voz marcada por un acento que no supe reconocer:
- Perdona, ¿eres de aquí? ¿Sabes dónde hay un centro de yoga o algo por el estilo?
Yo le dije que no sabía, que no tenía ni idea, y así era. Además, quería que se largase cuanto antes porque la forma en que me miraba no me hacía ni pizca de gracia.
Vale, si entonces me hubiese agradecido mis cortantes palabras, si se hubiese montado en su bici y seguido su camino, yo no pondría nada de esto aquí, pero es que la cosa no acaba ahí. Seguía mirándome con aquella sonrisa que tanto me hacía desconfíar, y de pronto, Max, que así se llamaba el tipo - jamaicano y estudiante de la complutense, para más señas - empezó a soltar palabras rebuscadas, extrañas, que aumentaron mi recelo: cosas como "qué mirada más profunda tienes", "tu aura me sorprende", "me das buena onda, por eso me he acercado a ti", "tú eres mi vampira" - por el libro que leía - o "sé que eres castigadora", no me gustaron ni pizca.
Y ya cuando me abrazó y me dijo de irnos a un lugar privado para una clase de "reflexología", pensé que había llegado demasiado lejos. Me deshice de él como pude, asegurándole quedar aquella tarde con él para la supuesta clase.
-¿No te fías de mí, Max? - inquirí, dedicándole la más encantadora sonrisa de la que fui capaz.
Él sonrió y yo me despedí rápidamente, deseando marcharme cuanto antes. Por supuesto, no aparecí por la tarde. Dudo que vuelva a pasarme por El Retiro en una buena temporada.
Pero este encuentro, o más bien desencuentro, me ha hecho pensar en lo caprichosa que es la vida, sobre todo para conmigo. Mis amigos suelen decir que todo lo raro me sucede a mí, y eso es lo que pienso yo también. Porque ¿a quién se le ha acercado alguna ve un perfecto desconocido y le ha empezado hablar del aura, de su mirada, como si nada?
Yo cada día me sorprendo más por las "curiosidades" con las que me obsequia la vida: son casi de película.
Y aunque considero que mi vida, dentro de lo que cabe es bastante normalita, y que de hecho, en este blog no voy a contar más que verdades cotidianas de mi existencia, a veces debo admitir que la realidad supera a la ficción..

No hay comentarios:

Publicar un comentario