La indiferencia de la que hacen gala algunos seres humanos es increíble. Da igual lo que pase, da lo mismo lo que suceda a su alrededor, ellos no se inmutan por nada ni por nadie. Cada uno va a su rollo, ciegos, sordos y casi insensibles a los demás.
Sólo hay que estar un rato en el metro para verlo con total claridad. Ayer, por ejemplo, bajé a Madrid porque había quedado con una amiga a la salida del colegio; sin embargo, me surgió un problema con los del Registro de la Propiedad Intelectual (todos igual de indiferentes que sus compañeros del metro) y tuve que ir a solucionarlo. Cogí el Metro en Plaza de Castilla para ir directamente a Ríos Rosas, barrio de Santa Engracia, línea 1.
Ya nada más llegar al andén, me entró la inquietud. El andén estaba lleno de gente, gente de mirada perdida y gesto inexpresivo, cuyos ojos vacíos te siguen momentaneamente al pasar ante ellos, para luego volver a posarse en la misma baldosa que estaban mirando antes de que les interrumpieses. Atravesé el andén hasta el final, dado que yo siempre cojo último vagón porque es el que menos gente lleva siempre, aún teniendo que pasar ante las miradas de aquellos robots de gesto frío.
El tren llegó apenas unos segundos después, anunciando su presencia con el normal ruido atronador y la ráfaga de viento que producía el morro al hendir el aire. Esperé a que la habitual multitud saliera en tromba del vagón, y entré con cierta precaución en el coche, asfixiante de calor. Efectivamente, iba casi vacío, a excepción de unas cuantas personas sentadas y arrolladas por el aburrimiento; sus ojos buscaron la novedad entre aquel mar de calma y calor, y encontraron a un señor de mediana edad que se sentó en uno de los pocos asientos libres, y en mí, que apoyé la espalda en la pared del vagón y observé las caras inexpresivas de la gente, intentando que la mía no se pareciera a ellas.
Era como ver la indiferencia personificada: los gestos eran serios y absolutamente fríos; ni una mueca, ni una leve sonrisa. Un par de docenas de ojos vagaban ausentemente por el coche, aunque una mirada tan indiferente como las del resto, perteneciente a un chico de más o menos mi edad, se clavó en mi figura, como si esperara que la novedad tuviera algo interesante que le despertara de aquel letargo en el que parecía sumido. Pareció no encontrarlo, porque al cabo de un rato volvió la cabeza y fijó la vista en el reflejo de los cristales.
Harta de aquel panorama tan poco halagüeño, cogí mi libro de Entrevista con el vampiro - otra vez - y comencé a leer justo cuando el tren se ponía de nuevo en marcha. Una parada, dos paradas...
Cuando el tren frenó en Cuatro Caminos, las puertas se abrieron con gesto seco y, como todos, alcé la cabeza para ver si entraba alguien que rompiera los esquemas, un grupo de amigos, unos niños que rieran y gritaran y dieran un poco de alegría y humanidad a aquel deprimente lugar.
Sin embargo, desde mi posición, vi como una mujer saltaba los últimos escalones que subían a la superficie, atravesaba el andén y se disponía a entrar corriendo en el vagón justo cuando el tren había dado el pitido de advertencia. La mujer, ni corta ni perezosa, atravesó las puertas en el momento en que estas se cerraban.
Pensé que la había pillado. Creí que se había quedado atravesada entre las puertas. Me asusté y creo que se me escapó un grito. Pero por fortuna, el conductor debió verla y las puertas sólo hicieron el amago de pillarla para luego volver obedientes a su sitio. La mujer entró en el vagón como si nada, se colocó a mi lado y sacó un móvil para llamar por teléfono, sin ni siquiera dedicarme una mirada, como si no se hubiese dado cuenta de lo que había pasado.
Atónita por su frialdad, miré a mi alrededor para ver si alguien se había enterado: casi todos seguían en plan estatua, pero me sorprendí al ver que un par de personas me observaban con cierto reproche, como si con mi grito hubiese quebrado el aburrimiento y la calma que tanto parecían complacerles.
¿Tanto les molestaba mi reacción humana? ¿Tan mal les había sentado que me asustase ante un posible accidente? Me quedé helada ante la inhumanidad de la gente, incluida la de la señora, que ahora hablaba por el móvil de un modo tan rápido e impersonal que apenas la entendí.
Agradecí que la siguiente parada fuera la mía y poder librarme de aquellos seres de piedra que poco o nada parecían sentir. Salí de allí con la sensación de ser la única persona no robot de todo el Metro, pues ya había visto cosas parecidas en las líneas subterráneas en anteriores ocasiones.
Pero no sólo es el Metro: es el autobús, es la misma calle, ¡es todo! A excepción de que ocurra una tragedia, cuando ya es demasiado tarde para actuar, la gente no se inmuta, no reacciona.
Están metidos en su mundo, y no se permiten salir de él. Indiferencia es la palabra que mejor les define y que mejor va con ellos. Sólo se preocupan por sí mismos, y los demás les dan igual.
Humanidad...humanidad es justo lo que nos falta por aprender.
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